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Opinión

17/8/2018

Tormentas de verano

José María Ariño Colás
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Mientras el mes de agosto se enseñorea del paisaje y nos acompaña en sus inicios con un calor sofocante, todos recordamos las inevitables tormentas de verano, que han llegado a su cita sin falta durante los meses de junio y julio. Estas tronadas, como se denominan en muchos lugares de la geografía aragonesa, son más frecuentes en las montañas del Pirineo y en las sierras del Sistema Ibérico, e incluso pueden llegar al propio valle del Ebro. No es de extrañar, por tanto, que en muchos pueblos de la provincia de Huesca existan los famosos esconjuraderos como el de Guaso, en la comarca del Sobrarbe; esos espacios desde los cuales el sacerdote y la población invocaban para deshacer las tormentas. Con la llegada del cristianismo, y por diversos motivos que rondan lo inverosímil, se eligió a Santa Bárbara como protectora contra las tormentas y contra los rayos y los estragos producidos por las tronadas.

 El inicio del verano ha sido especialmente propenso a las tormentas en muchos lugares de Aragón, como la de viento, lluvia y granizo que sembró el caos en Zaragoza los pasados 11 de julio y el 12 de agosto. Pero donde más se han hecho notar es en las sierras y los valles de alta montaña. Así, el pasado 27 de junio una intensa tromba de agua produjo el desbordamiento del río Guadalope a su paso por la localidad de Aliaga y dejó importantes daños en algunas casas, en las pasarelas de la ruta senderista y en la carretera que enlaza Aliaga con Miravete. No es la primera vez que las tormentas llegan con especial virulencia a este pueblo de la comarca de las Cuencas Mineras. Los daños son evidentes y muchos nos preguntamos por qué después de más de un mes no se han iniciado aún los trabajos de recuperación de estas infraestructuras. ¿Qué ocurriría si los daños afectaran a otras vías de comunicación más importantes como el puerto de Monrepós o los accesos otros enclaves turísticos?

Lo que está claro es que, paradójicamente, estos fenómenos de la meteorología tienen su propio atractivo, al margen de las consecuencias posteriores. Y si no que se lo digan a los viajeros románticos, que calificaban de sublime el hechizo que producían en ellos los relámpagos, los rayos y las secas detonaciones de los truenos. El cine y la literatura se han hecho eco de estos episodios naturales que han servido de marco privilegiado a historias de amor y desamor. Basta recordar películas como "La vida de Pi" o la más reciente "Geo-tormenta". En el campo de la narrativa convendría recordar la novela "Tormenta de verano", de Juan García Hortelano que, aunque no se centraba en el fenómeno meteorológico, sentó las bases del llamado realismo social de posguerra y forma parte de una de las novelas importantes del siglo pasado.

 Podríamos hablar también del uso del adjetivo tormentoso, tan utilizado en las relaciones sociales, familiares o amorosas. O de los proverbios, sentencias o refranes que aluden a las tormentas como el ya tópico "acordarse de Santa Bárbara cuando truena". Todo ello continúa en el legado cultural y religioso que hemos heredado y que el arte y la literatura nos han dejado en sus múltiples manifestaciones. Eso sí, a todos nos gustaría, especialmente a los agricultores, que las tormentas fueran apacibles, que el granizo se convirtiera en agua y que el arcoíris apareciera en todo su esplendor. Mientras tanto, las tormentas de verano cada vez son más intensas y más destructivas. ¿Será también una consecuencia del cambio climático?


* Profesor de Secundaria

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