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Opinión

28/9/2018

El bullying no solo se da en los colegios

Carlos Hué
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El bullying no es un hecho aislado que solamente existe en los centros educativos entre el alumnado. El acoso es algo consustancial a nuestra sociedad y es una consecuencia de nuestro sistema antropológico y social; el acoso se da también en las familias, en el vecindario, en la empresa o en las asociaciones. El acoso es antropológico porque al estar el ser humano abocado a la muerte, como nos decía Jean Paul Sartre, el hombre, como ser vivo, hace todo lo posible para vivir más tiempo consiguiendo dinero, fama y poder aunque sea a costa de los demás. Y el acoso es social, porque como consecuencia de esa necesidad, hemos creado una sociedad materialista y competidora donde solo sobreviven los más fuertes. Si estos valores los trasladamos a una escuela en la que el currículo está centrado casi exclusivamente en los contenidos académicos y donde el aburrimiento está desgraciadamente muy extendido, y si, además, los chicos y chicas en ella carecen de suficiente autoestima y seguridad en sí mismos, encontrar un “chivo expiatorio”, alguien de quien reírse o agredir, es la consecuencia más lógica.

El bullying es definido por la Asociación Americana de Psicología, (APA 2014), como “una forma de conducta agresiva en la que alguno de forma intencionada y repetida causa perjuicio o malestar en otra persona. Este adopta diversas formas: contacto físico, palabras u otras acciones”. El acoso escolar es la consecuencia en las aulas de la competencia en nuestra sociedad. Este mayoritariamente se da en los recreos, en las entradas y salidas del centro escolar, en fines de semana y en las vacaciones. En este acoso participan tanto el acosador y la víctima, como sobre todo, el resto de chicos y chicas que o apoyan al acosador o miran para otro lado siendo, de este modo, corresponsables del mismo.

El acoso escolar es, en definitiva, un proceso de victimización que en muchos casos nace en los cursos de educación infantil en los que se identifican niños y niñas “distintos”; que más tarde, en los cursos superiores, son calificados de “raros”, son aislados y finalmente acosados. Pero el problema no queda ahí, porque los chicos y chicas acosados/as interiorizan ese rechazo social pensando que son ellos los culpables del acoso y generando conductas de retraimiento social que en algunos casos pueden llevarlos a la depresión y al suicidio, o a la excitación y a la matanza, como estamos viendo en los Estados Unidos.

Por ello, tenemos que poner soluciones desde los centros educativos, de una parte, y desde otra, desde las familias. Las soluciones, veremos, pasan por modificar la metodología en las aulas haciéndola más participativa, pasando de la clase magistral, centrada en los libros de texto a la metodología cooperativa por proyectos; pasan por elevar la verdadera autoestima, que no la chulería, de todos los que participan en el acoso: acosador, víctima y espectadores; y pasa por entender que las emociones positivas, los grupos de amigos, de vecinos, o las asociaciones juveniles, serán la ayuda necesaria para hacer desaparecer este tipo de comportamientos. En una escuela en la que se hagan cosas muy interesantes, y donde todos y todas se sientan iguales, habrá respeto, colaboración y amistad, y crearemos una sociedad mejor.


* Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Educación

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